2008-04-29 Debate sobre la cuestión del Tíbet

A continuación presentamos un artículo traducido de la revista de nuestro grupo hermano Comité Communiste Internationaliste (Trotskyste) de Francia y publicado en Combattre pour en finir avec le capitalisme, nº 13, de 19 de mayo de 2008. http://www.cci-t.org/
Germinal comparte los términos generales de su contenido.

El paso de la llama olímpica ha dado lugar a manifestaciones en diversas capitales para protestar contra la represión en el Tíbet, pedir el boicot a los Juegos de Pekín y en algunos casos reivindicar la independencia del Tíbet. En París, hemos visto a la policía de Sarkozy convertida en auxiliar de los servicios chinos, enviados in situ vestidos de chándal para proteger la llama, rechazar a los manifestantes y arrancar las banderas tibetanas.

Sin embargo estas protestas no dejaban de ser un batiburrillo. Así, ante la Asamblea nacional, algunos diputados de la UMP [el partido burgués de Chirac y Sarkozy, NDT], en compañía de otros de la oposición, desplegaban una pancarta que reclamaba "el respeto de los derechos humanos en China", ¡lo piden ellos, quienes al mismo tiempo aprueban la intervención imperialista francesa en el Chad, el refuerzo del contingente francés en Afganistán y muchas otras cosas parecidas! Para añadir confusión, mientras que el Gobierno chino clamaba contra la campaña de desinformación y animaba a cambio las contramanifestaciones de chinos ofendidos en su dignidad y su orgullo nacional, el mismo Dalai Lama desaprobaba la continuación de las manifestaciones en el Tíbet, amenazando con dimitir, y condenaba toda consigna de boicot a los Juegos.

 

En estas condiciones, los militantes, trabajadores y jóvenes se plantean numerosas cuestiones, empezando por la primera de entre ellas, que condiciona ampliamente todas las otras: ¿es legítimo hoy reivindicar el derecho a la independencia del Tíbet? ¿Protestar contra la represión en el Tíbet conduce necesariamente a compartir las posiciones del Dalai Lama o a alinearse a favor de un campo contra otro en la lucha económica que enfrenta a las principales burguesías, entre ellas la China, a nivel mundial?

Jean-Luc Mélenchon1, representante del PRS, ha tomado una posición categórica. Para él es un tema cerrado y sus argumentos se pueden resumir en los siguientes:

  • Todos estos manifestantes ha sido manipulados por una propaganda agresiva, con tufo de colonialismo, contra China;

  • El Tíbet es chino desde el siglo XIV;

  • Los comunistas chinos pusieron fin en el Tíbet a la servidumbre y a un régimen teocrático representado por el Dalai Lama, régimen al que no es posible apoyar;

  • La cuestión de la independencia del Tíbet es un factor de guerra y de desestabilización que oculta una tentativa de despedazamiento de China y "el interés de mi país y sus valores no están del lado al que se le quiere arrastrar"

Algunos recordatorios históricos indispensables

Históricamente, no es exacto decir que el Tíbet es chino desde el siglo XIV. El Tíbet y el imperio chino mantuvieron relaciones a veces de alianza, a veces conflictivas, y si bien es cierto que el poder imperial chino instaló en 1720 una guarnición y administradores en el Tíbet, no llegó nunca, como consecuencia de sus propias debilidades, a unificar completamente las dos partes en un único imperio. Es esta la razón de que el control del Tíbet siguiera estando en discusión a principios del siglo XX entre el imperialismo inglés y China. Con el hundimiento de la dinastía Quing en 1911, el Tíbet reafirma de nuevo su independencia, pero es bajo la dirección del imperialismo inglés, en un complejo juego para desarrollar sus propios intereses en la región, cuando el Convenio de Simla, en 1914, reconoce la soberanía feudal china sobre el Tíbet.

 

La naturaleza del antiguo régimen tibetano


Es incuestionable que el régimen tibetano antes de la intervención de la República popular de China era de carácter teocrático, feudal y atrasado: el Dalai Lama, representante de Dios vivo, ejerce al mismo tiempo la soberanía sobre el país. Se divide a la sociedad entre los religiosos, la nobleza, el pueblo. Algunos oficios como los carniceros y los pescadores pertenecen a categorías inferiores, puesto que sus actividades contravienen por naturaleza al espíritu del budismo. Sólo el Estado, el clero y la nobleza gozan del derecho de propiedad. El pueblo, en su mayoría campesinos, mantiene a un numeroso clero y debe a los señores días de trabajo en los campos. El budismo, religión de Estado, cubre con su santa transcendencia todas estas realidades terrestres ...

La dirección burocrática del Partido comunista chino arregla la cuestión del Tíbet a su manera

A raíz de su victoria sobre las fuerzas nacionalistas de Tchang Kai-Chek, el ejército popular chino entra en Lhassa en 1950. Se constituye una Asamblea popular pero, con el acuerdo de los dirigentes del Partido comunista chino, el Dalai Lama se convierte en el Vicepresidente y una buena parte de la vieja sociedad tibetana se mantiene como estaba. Manifiestamente, no estaba entonces entre las intenciones de la burocracia del PCC instalar en el Tíbet las bases del socialismo. Al contrario, procedió como lo hizo al principio la burocracia soviética en los países del Este de Europa al final de la 2ª Guerra Mundial: por ejemplo en Rumania, donde intentó volver a poner en el trono al rey, antes de verse obligada a instalar regímenes burocráticos bajo su estricto control, expropiando al capitalismo, a la vez para preservarse de las maquinaciones del imperialismo y para yugular el empuje revolucionario de las masas.

Pero a partir de 1950, China consolida su dominación sobre el Tíbet. A una parte de éste lo mantiene como una región autónoma. El resto, que representa dos tercios del antiguo territorio tibetano, queda integrado en China. Esta situación es inestable por contradictoria: las masas tibetanas se ven divididas entre el empuje hacia la revolución y la defensa de su identidad nacional, con los señores y el clero utilizando esta reivindicación nacional por cuenta propia y, ciertamente, detrás ellos el imperialismo contra la revolución china.

Sólo es en 1959, con relación a la guerra de Corea, cuando la burocracia china se ve obligada a cambiar completamente de opinión. Después del aplastamiento de las rebeliones en Tíbet y la fuga del Dalai Lama en la India, suprime la servidumbre, las formas de castas y pone fin completamente al poder de la clero y los señores feudales. Pero lo hace al mismo tiempo sobre la base del aplastamiento de la reivindicación nacional tibetana y claramente con un comportamiento de tipo colonial, idéntico al de la burocracia estalinista de la URSS frente a las otras nacionalidades.

Esta forma de colonialismo se manifiesta, en particular, a nivel demográfico, en la llegada masiva de emigrantes chinos; a nivel lingüístico, en el uso oficial del chino mandarín que excluye de hecho a los tibetanos de numerosos empleos, lo que conduce a la creación de una nueva capa de tibetanos pobres; y finalmente, en un encuadramiento estrecho de la población tibetana por la policía y el ejército chino. Mao, amenazado por otra fracción de la burocracia china, provocó la "Revolución cultural" y utilizó a los Guardias Rojos en una operación ultraizquierdista para reducir a sus opositores al silencio. Luego, hecha la limpieza, se deshizo de los que había manipulado enviándolos algunos años de trabajos forzados al campo. Este episodio de las luchas internas de la burocracia china dejó rastros profundos en el Tíbet, ya que causó destrucciones considerables del patrimonio cultural tibetano por parte de los Guardias Rojos, en nombre del combate contra los valores burgueses.

La burocracia china, del mismo modo que no respondió a las aspiraciones del proletariado chino sobre bases socialistas, no pudo solucionar positivamente la cuestión nacional tibetana, sobre la base de la igualdad total de los dos pueblos, lo que incluye el derecho del pueblo tibetano a la separación y la independencia. Obviamente, se sirvió del contraste con el antiguo régimen tibetano para justificar su propia soberanía sobre el Tíbet, como si el derecho a la independencia del Tíbet significara necesariamente la vuelta al orden anterior.

Que el imperialismo manipula detrás del Dalai Lama en ese sentido es indudable, pero el medio más seguro de alejar a la inmensa mayoría de los tibetanos de estos objetivos retrógrados ¿no hubiera sido darles por una parte la absoluta igualdad de los derechos con los trabajadores chinos, y por otra parte el derecho a administrarse a sí mismos, llegando hasta el derecho a la independencia si lo deseaban?

Ningún apoyo ni alianza con el Dalai Lama

En la actualidad, el Dalai Lama, que ha abandonado la reivindicación del derecho a la independencia, tiene por único objetivo reinstalarse en las antiguas funciones y privilegios que ocupaba con la aprobación de la burocracia china de 1950 a 1959, apoyándose en los intereses de las burguesías imperialistas, que ven en él la ocasión de combatir a la burguesía y el nuevo imperialismo chino. Pero la lucha del pueblo tibetano rebasa y trastorna sus objetivos, lo que le lleva a desaprobar a la vez la continuación de las manifestaciones en el Tíbet y las manifestaciones de solidaridad con éstas. El movimiento obrero debe por tanto delimitarse claramente de esta clase de personaje y de las fuerzas sociales reaccionarias que representa, negándose a identificar el combate del pueblo tibetano por sus derechos nacionales con la vuelta al régimen feudal del Dalai Lama.

El combate del pueblo tibetano se inscribió en el combate del proletariado y los estudiantes chinos contra el régimen burocrático

Todos nos acordamos de la movilización de los estudiantes y trabajadores chinos contra el régimen burocrático, en la primavera 1989, en la plaza de Tian'anmen, reclamando las libertades de pensamiento, expresión y organización. Y cómo pusieron fin a ello la intervención del ejército, las detenciones masivas y la represión. Pero se sabe menos que a principios de 1989 también estallaron revueltas en Lhassa, reprimidas muy severamente por el ejército y la policía china, y que dejaron 450 muertes in situ, lo que le valió al dirigente regional del Partido Comunista Chino, Hu Sintao, responsable de la masacre, el apodo de "carnicero de Lhassa".

Estas manifestaciones de 1989, como las más recientes, combinan las reivindicaciones nacionales con reivindicaciones sociales. El dirigente Hu Sintao, bien demostradas sus capacidades, pasará a ser en 2002 el Secretario General del Partido comunista chino, luego el Presidente de la República en 2003, reelegido en 2008.

La conversión total de los dirigentes del Partido comunista chino a las virtudes del capitalismo da hoy a China una configuración particular: una explotación loca permitida por el mantenimiento de un encuadramiento político, e incluso policial, muy estrecho, heredero del combate de la burocracia china contra las masas. Lo que, desde el punto de vista capitalista, constituiría una situación casi ideal si no hubiera, en estas difíciles condiciones, una multiplicación de las luchas del proletariado chino y los campesinos desarraigados.

La decisión de asignar la organización de los Juegos Olímpicos a Pekín responde sobre todo a cuestiones de contratos jugosos para una serie de grupos internacionales deseosos de establecerse o de reforzar su implantación en China. Al mismo tiempo eso permite al Gobierno chino desarrollar en su beneficio una campaña que halaga los sentimientos nacionalistas chinos, para desviar la cólera de las masas y afirmar su potencia de nuevo imperialismo.

 

Los intereses de los capitalistas y los del proletariado mundial

"Los intereses [de Francia ] y sus valores no están del lado al que se la quiere arrastrar" nos dice Jean-Luc Mélenchon. Esto es lo mismo que ha comprendido perfectamente Sarkozy, y detrás él Carrefour y otros grupos, apresurándose en hacer olvidar a los dirigentes chinos la impresión desastrosa de la manifestación de París. Se entiende, obviamente, que para defender los "valores", comerciales...

Las principales potencias imperialistas están encantadas con las condiciones políticas y económicas espantosas en las que se mantiene al proletariado chino mientras se trate de hacer fructificar sus propios capitales, mientras eso les permita ejercer presión sobre su propio proletariado para la reducción de salarios con las amenazas de deslocalizar hacia allí la producción. Pero no han conseguido hacer de la China capitalista una nueva colonia a su entera disposición. Al contrario, es un nuevo y temible competidor que se ha erigido frente ellas en pocos años. Desde el punto de vista de los viejos imperialismos, la cuestión del Tíbet no es más que una herramienta entre otras en esta confrontación con China, que pasa y pasará por fases de colaboración y fases de oposición frontal. Esta herramienta puede ser utilizada de diferente manera por cada imperialismo según sus intereses propios del momento. El enfrentamiento inteimperialista no solucionará ninguna de las cuestiones nacionales, ni en el Tíbet ni en los Balcanes, sólo serán utilizadas por cuenta de unos o de otros.

Pero el interés del proletariado francés es estar junto con el proletariado chino en su lucha contra el régimen capitalista y el Gobierno chino, en su combate para la libertad de expresión, la liberación de los presos políticos, la constitución de sindicatos libres, etc.

El capitalismo ha sido completamente reintroducido en China, los antiguos burócratas se han convertido en propietarios y se ha constituido así muy rápidamente la burguesía nacional china, utilizando al máximo contra las masas el aparato represivo y el encuadramiento político del antiguo estado obrero burocrático y del Partido Comunista Chino que, en estas circunstancias particulares, ya no es más que el aparato político de la burguesía.

Por consiguiente, las masas chinas deberán poner en el centro de sus combates la destrucción del Estado burgués chino, de su ejército y de su policía política, la constitución de un gobierno obrero que expropie el capitalismo, repare los gigantescos daños causados y dé lugar a un desarrollo armonioso al servicio de las necesidades de las masas. La suerte del Tíbet es indisociable de este combate del proletariado chino, que debe incluir en su programa la reconstrucción de las relaciones con el pueblo tibetano, respetando su identidad nacional y sus derechos, incluido el derecho a la separación con China, no como una necesidad irreversible, sino en el marco de una propuesta de colaboración e intercambio para la construcción de Estados socialistas de Asia. Únicamente sobre esta base puede encontrar su solución la cuestión nacional tibetana.

Sébastien COLERE, 30 de abril de 2008.

 

1Senador de la izquierda socialista , animador de la asociación PRS (Por la República Social). Mélenchon colabora regularmente en “N’ayons pas peur des mots” (No tenemos miedo a las palabras), un debate diario que presenta Samuel Étienne en la cadena de información continua I> Télé.